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Traducir a Tolkien

Vincent Ferré, quien supervisa las traducciones al francés de J.R.R. Tolkien para Christian Bourgois éditeur, describe en este artículo  (en colaboración con Daniel Lauzon y David Riggs),  las peculiares dificultades que surgen en el intento de traducir «la obra-mundo» de J.R.R. Tolkien, y, en particular, las complejidades inherentes a su traducción al francés.

 

~ Vincent Ferré ~

«[…] es ésta una época de crítica cocida y de opiniones literarias predigeridas; y en la elaboración de estos sustitutos baratos, las traducciones se emplean desgraciadamente, con demasiada frecuencia.» (J.R.R. Tolkien, «Sobre la traducción de Beowulf»)

 

Aunque los primeros textos de J.R.R. Tolkien fueron traducidos al francés hace unos cuarenta años (1969), y la parte de su obra disponible en este idioma no ha dejado de crecer, especialmente desde 2002, puede surgir la cuestión de la traducción. El caso del francés resulta particularmente atrayente para quien tenga un interés especial en el proceso de traducción de una obra de tal relevancia.

 

La traducción, una cuestión central para J.R.R. Tolkien

Empecemos por recordar la importancia que concedía el autor a esta cuestión, para ello podemos leer también esta nota inédita de J.R.R. respecto a la traducción — y la prudencia, incluso el recelo, que mostraba ante cualquier traducción. Más allá del fragmento citado arriba (procedente del prefacio, el cual volvió a publicarse en Los Monstruos y los Críticos), su reticencia se muestra en las advertencias e indicaciones dirigidas a su editor y a las personas responsables de las primeras versiones extranjeras de El Señor de los Anillos; la neerlandesa, la sueca y la polaca (1956-1959): aquellas indicaciones evolucionaron en ocasiones, como la cuestión de la traducción de los nombres propios, hasta que el autor los compiló en una «guía», la Nomenclatura de El Señor de los Anillos  [Nomenclature of the Lord of the Rings]. Así como lo indica el prólogo de El Señor de los Anillos en 1966, el nacimiento del mundo de Tolkien está íntimamente relacionado con la lengua: su proyecto de ficción era «principalmente de inspiración lingüística y comenzó con el afán de proporcionar un contexto «histórico» a la existencia de las «lenguas élficas».

Si, no se ha de reducir dicho prólogo a esta cita, la cuestión de la lengua y de la traducción vuelve de manera recurrente, incluso en el seno de su propia obra. Tal y como lo atestiguan, por ejemplo, las versiones en inglés antiguo de los Anales de Valinor y de los Anales del Beleriand, supuestamente realizados por Ælfwine (en La Formación de la Tierra Media, cuarto tomo de La Historia de la Tierra Media) o el apéndice F de El Señor de los Anillos, el cual ofrece largas explicaciones a propósito de las lenguas de los diferentes pueblos, sacando conclusiones a propósito de la disposición del texto, el cual es, supuestamente, una traducción del Libro Rojo al inglés moderno.

Por lo tanto, existen muchas razones por las que prestar atención a este problema. Y, aunque el caso del francés no es excepcional, ofrece, sin embargo, algunas particularidades interesantes: es una lengua románica, no posee la riqueza léxica del inglés y revela diferencias entre las distintas formas gramaticales.

 

¿El francés, un reto particular?

De forma reveladora, el francés está raras veces mencionado en la Nomenclatura, a diferencia de las lenguas germánicas y nórdicas. Como lo hace en sus cartas, Tolkien comenta algunas traducciones holandesas y suecas (por ejemplo para Shadowfax, Gripoil en francés, Sombra gris en español), e incluso sugiere opciones, proponiendo, por ejemplo «Dachsbau» para el alemán, o «Graveling» para el danés. En su obra, los nombres de lugares y de personajes reflejan la herencia germánica de forma evidente, de ahí que entonces resulte más difícil su traducción a lenguas románicas, cuyas raíces son diferentes.

Más concretamente, la riqueza léxica del inglés resulta difícil de igualar en francés. Algunas frases lo demuestran de manera indirecta, como la fórmula, redundante, de Gandalf evocando los «Champs aux Iris, où il y [a] de grands parterres d’iris» («Campos Gladios donde crecían matorrales de lirios»).

El texto original no resulta tan torpe: Tolkien emplea un dialecto para distinguir el lugar («the Gladden Fields») de las flores en sí («beds of iris») y en sus indicaciones, ruega a sus traductores que mantengan esta distinción.

 Si, en ocasiones, el inglés puede presentarse como un reto para el traductor francófono, ¿qué pasa entonces cuando se enfrenta a un texto de Tolkien, el cual utiliza términos obsoletos o dialécticos y neologismos?

De hecho, el autor se exprime no sólo como lingüista en su ficción, inventando términos como tweens (sin olvidar, por supuesto, hobbit); sino también como estilista, prestando especial atención a destacar la forma de expresarse de la mayoría de los personajes importantes: las diferencias sociales y culturales se perciben de manera evidente en inglés entre Gandalf y Gamyi, el Tío; Gollum y Théoden.

El apéndice F de El Señor de los Anillos también muestra este contraste, relacionándolo con su geografía imaginaria: los personajes que más viajan son también los que pueden expresarse de forma más variada.

Podríamos mostrar que incluso la historia de la lengua tiene algo que decir. El poder evocador de términos poéticos en inglés antiguo, los cuales «nos llegan cargados del hecho de los días antiguos, por hallar las fronteras obscuras de la historia de los países nórdicos» (como escribió Tolkien a propósito de Beowulf ), se encuentra intacto en su obra.

Así pues –bury, que encontramos en Bucklebury (Châteaubouc, en francés, Gamoburgo en español) o Norbury (Norchâteau, Norburgo), provienen del inglés antiguo, pero el traductor francés de El Señor de los Anillos los formuló con el mismo término que le sirve para hall

«¿Por qué ignorar deliberadamente, rechazar el empleo de la riqueza del inglés, que nos permite una elección de estilos sin la menor posibilidad de ininteligibilidad?» pregunta Tolkien (carta 171), cuando un lector discute sobre sus opciones de escritura. Sin embargo, sus traductores no disponen necesariamente de los recursos que ofrece el inglés.

La traducción del inglés al francés puede revelar incluso dificultades menos sutiles, más evidentes, como el uso del «tu» y «vous» (tú y usted). De hecho, el idioma de los intercambios entre los personajes, su lenguaje «común», el westron (oestron), marca en la segunda persona (y en la tercera) – una distinción que no figura en el inglés moderno «entre el tratamiento «»familiar«» y el «»respetuoso«» [en los pronombres]», tal como se especifica en el Apéndice F. Sin embargo, esta forma es, a menudo, olvidada en la Comarca, en donde predomina el uso de la forma familiar: de ahí resulta el efecto cómico cuando es empleada por Pippin para dirigirse a los habitantes de Gondor, e incluso al Señor Denethor. A pesar de que el texto original proponga, en ocasiones, una distinción entre you y thou (forma antigua, inusitada en el uso común), no es por tanto sistemática; sin embargo, el traductor francés tuvo que elegir constantemente entre el «vous» y el «tu», sin permanecer en la ambigüedad del you del inglés moderno, lo que le obligó a decidir, e incluso a simplificar matices de interés en las relaciones entre los personajes.

 

Traducir una «obra mundo»

De igual modo, podríamos demostrar que optar por un género (masculino o femenino) respecto a los nombres de lugares, como «»le«» Mordor, «le» Gondor, o los que están traducidos (¿«la» o «le» Comté para Shire? en francés, 〔Comarca en español〕), modifica la percepción que tenemos de este universo. Pero este problema de alternativas se plantea en realidad de manera general en otros muchos aspectos del texto, especialmente debido al carácter imaginario del mundo en el que se desarrolla la historia. De hecho, la traducción y las informaciones disponibles originaron problemas de coherencia con los que no se enfrentaron los lectores originales del texto en inglés. El Señor de los Anillos se publicó en francés hace cuarenta años y, en aquel entonces, El Silmarillion, los Cuentos inconclusos, por no mencionar La Historia de la Tierra Media, aún no estaban publicados en inglés: en consecuencia, el traductor no disponía de ninguna otra indicación a propósito de este mundo imaginario, al margen de las que se hallaban en El Señor de los Anillos (y en la Nomenclatura), lo que indujo a errores difícilmente evitables, puesto que tuvo que tomar decisiones, cuando un lector anglófono puede permitirse ambigüedades en su mente.

En el prólogo, por ejemplo, ¿cómo traducir the departure of Galadriel?, ¿cómo elegir entre la partida y la muerte? De hecho, ya que Galardiel abandona la Tierra Media al final del relato, el texto podría remitir a una muerte ulterior, puesto que El Señor de los Anillos no evoca de manera tan evidente como El Silmarillon « la inmortalidad » de los Elfos; y ante todo, departure es el título de un episodio importante que relata la muerte de Boromir (Libro III, capitulo 1). De ahí que la opción elegida por F. Ledoux (la muerte), pudiera considerarse coherente desde el punto de vista del traductor, en un momento dado, pero parece incoherente cuando se publican textos que ponen fin a la ambigüedad.

Por supuesto, la situación es, evidentemente, diferente en 2014, y podemos observar con satisfacción que si cinco personas diferentes tradujeron los primeros libros de Tolkien entre 1969 y 1982, cuatro traductores se han encargado durante estos últimos años, ocupándose cada uno de tres obras, por lo que se mejoró la coherencia del conjunto. Se trata de Adam Tolkien (Peintures et aquarelles [Pinturas y acuarelas], Le Livre des Contes perdus [El libro de los Cuentos perdidos] I- II en 1994, 1995 y 1998); Daniel Lauzon (desde 2006: parte de los Lais du Beleriand, La Formation de la Terre du Milieu y La Route Perdue [La Balada de Beleriand, La Formación de la Tierra Media, El Camino Perdido] y de Christine Laferrière (Les Monstres et les critiques, 2006 ; La Légende de Sigurd et Gudrún, 2010; La Chute d’Arthur, 2013 [Los Monstruos y los Críticos, La Leyenda de Sigurd y Gudrun, La Caída de Arturo]). También podemos añadir a Delphine Martin, traductora de Les Enfants de Húrin (2008) y co-traductora, junto a Vincent Ferré, de las Lettres de Tolkien (2005) y del Cahier de croquis du Seigneur des Anneaux d’Alan Lee (2007) (Los Hijos de Húrin, Las Cartas de J.R.R Tolkien, El Señor de los Anillos: cuaderno de bocetos).

Traducir a Tolkien requiere una inmersión en su obra más profunda que en la de la mayoría de otros autores. De hecho, el traductor debe tener en cuenta todas las versiones (publicadas) del texto: la historia de Turín tal y como aparece en Los Hijos de Húrin, mantiene un diálogo con el capítulo XXI de El Silmarillion, e incluso con el Narn de los Cuentos inconclusos («Turambar y Foalokë») o con la primera de las Baladas de Beleriand. Las acciones del traductor se unen entonces con las del autor, el cual escribió, por ejemplo, el Quenta (publicado en La Formación de la Tierra Media, cuarto volumen de La Historia de la tierra Media) teniendo ante sus ojos el Esbozo de la Mitología, al retomar y desarrollar el Quenta. Recopilar, reescribir, repasar desarrollos anteriores: las acciones del autor y del traductor son semejantes. En su mente, los textos de Tolkien forman un círculo, a semejanza de la «novela mundo» que evoca; lo que requeriría reconsiderar todas las traducciones anteriores cada vez que se publica un nuevo volumen, que mejora nuestra comprensión de este universo.

Como escribió Tolkien:

el esfuerzo de traducir, o de mejorar una traducción es valioso no tanto por la versión que produce, cuanto por la comprensión del original que despierta.

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