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Leer a J.R.R. Tolkien

Maxime Pascal, poetisa y novelista, desarrolla aquí su visión personal y poética de la conmoción que siente a menudo el lector al decubrir la obra de J.R.R. Tolkien, y profundiza entre líneas en la relación más general del lector con  la lectura y del autor con la escritura.

 

Leer a Tolkien,
el hombre que quería saber lo que se encontraba dentro de una palabra.

~ Maxime Hortense Pascal ~

Leer a Tolkien, es ponerse en movimiento.
Es vivir la sorprendente experiencia de aventurarse por intrincados senderos casi sin saberlo,
desconociendo que es una ruta que lleva a lo lejos o a lo hondo. Y tal vez a ambos.
Los libros se abren lentamente.
Toman su tiempo para surcar los inicios.
¿Como comenzó esto?
Hubo un Primero.
Entregó la música,
la luz en las joyas,
en los ojos de los Primeros-Nacidos.
Un hobbit fuma una pipa en su agujero,
Las fiestas de cumpleaños despliegan travesuras y artimañas…

Creemos leer, creemos poder acomodarnos, mientras las raíces ya van creciendo, alzándose y moviéndose por todas partes. El viento del interior de la lengua las anima, nos agarra, nos lleva.
Al inicio de la ruta, la primera colisión es la del lenguaje. Es la primera materia, el encuentro inmediato, el enigma que precede a todos los demás.
En la literatura de J.R.R.Tolkien, no leí historias sembradas de héroes.
Oí nombres sonar.
Estos nombres llaman a la existencia a protagonistas que erigen una cosmogonía en la que se despliega el desarrollo de sus hazañas, sus tormentos, sus relatos.

La escritura está asentada en su eje creador esencial: nombra, para luego revelar.

Entonces, los nombres. Segundo enigma.
Antes del personaje, su presencia sonora.
Antes del Portador del Anillo, cada uno es portador de su nombre, dotado del ritmo y del poder de desplegar su propia coherencia, de la cual las incidencias contenidas influirán en el rumbo de su destino y del mundo. Que suceda una alteración, le alcance la sombra o lo ilumine un fulgor, el nombre caerá, desvanecido, para ser levantado diferente, cada vez más preciso.

En esta obra, los nombres también están en camino.
Que hayan irrumpido en una hoja de papel, que hayan sido largamente madurados en el mantillo del alma o trabajados en la fragua de los lenguajes, los nombres manifiestan la verticalidad de lo real. Su exactitud fulmina de evidencia la escritura de Tolkien. De cada uno, emana una armonía lingüística desprovista de equívoco.
No de evocación.
Sus sonoridades pueden ser tejidas de benevolencia, de majestad, de ambigüedades, de terror.
Despiertan una lectura sensorial.
Leer a J.R.R Tokien, es detenerse en el aprendizaje de escuchar y de ver de forma diferente.
Una nota para el corazón, una para el impulso de aventura, una para el misterio, otra para las entrañas, el miedo, la ira, algunas más para las lágrimas, otras para los pies que se van a caminar.

Armoniosa o quebrada, la música, subterránea en la lengua, perdura. Sus suspiros, sus acordes, sus disonancias evocan imágenes inhabituales y, sin embargo, conocidas. El mundo comienza, la Catástrofe se estremece, ida y vuelta. La Catástrofe es perpendicular al mundo. En su punto de impacto, escribió Tolkien.
Folios tras folios, ramizas tras ramas, piedras tras peñones, la memoria poética de J.R.R Tolkien se acordó del mito, de cantos arcaicos y lo renovó a través de su escritura de manantial.
La belleza de las Cosas Sencillas, no puede poseerla sólo uno.

Esta música esparcida en los lenguajes amplifica sus matices. Disemina sus ecos en la secreta intimidad de cada uno de ellos. Rocalloso para los Enanos, tenues para los Sucesores, desmenuzados bajo la sombra del Mordor, en modo mayor para los Elfos. Todas las variaciones están sostenidas por el bajo continuo del sentimiento de nostalgia.

Las lenguas élficas se acuerdan de una Edad de alianza entre el mundo y los seres del mundo.
Vibran y baten soplos circulando entre los follajes, corren por las praderas, las voces de los ríos, el aliento de las riberas, la apnea de los crepúsculos y de los silencios desplegados en las inalterables luces de las estrellas.
No pueden olvidarse las canciones de las cosas antes de sus caídas.
Las lenguas creadas por J.R.R. Tolkien son las metáforas espirituales de la pérdida y de la ausencia.

Entonces, ponerse en ruta, a una hora ordinaria de un día sin importancia.
El horizonte está delante, es una certidumbre.
Alcanzarlo es incuestionable,
cuando conocemos el punto de partida.
Lo conocen. Todos.
Los que fueron llamados y que van a labrar la travesía de los libros.
Los lenguajes son sus fundamentos.
Los paisajes dibujan sus cobijos, sus recursos.
Los linajes genealógicos forman sus primeros árboles.
La Tierra está en el Medio.
Valinor está al Oeste.
El Norte fue para Morgoth, después
El Este se deslizó bajo las Tinieblas
El Sur queda incierto.
Geografía móvil por donde se desplazan los Elfos, construyen sus cobijos, refluyen y se repliegan.
Su fluidez está en el corazón de la sutil materia de los textos. Así es como respiran.
Todos los Orientes están inscritos, la marcha puede comenzar.
Un paso en el suelo, un paso hacia la interioridad. Los senderos escondidos sólo esperan ser recorridos.
No hay otra Búsqueda que la de uno mismo.

El mundo ha sido encorvado.
Su transversalidad permaneció
Intacta.
Por la gracia de una escritura puesta bajo la apariencia banal de la realidad.
Entre las líneas, entre las palabras, entre sombras y luces, en la verticalidad de una nube, bajo el centello de una estrella, entre hojas de papel y hojas caídas del Bosque Viejo, la Ruta, que fue perdida, subsiste.
Meridiano secreto,
Irrigando los pasos de los caminantes.
Todos los que buscan, que vagan sin rumbo sin volver a perderse.

Érase un niño.
Se preguntaba lo que vivía dentro de los nombres gaélicos escritos en los vagones, que silbaban la voz* de los ferrocarriles.
Érase un joven.
Cuestionaba las palabras procedentes de las páginas de un volumen, recitando una sabiduría del norte.
Y después escuchaba todo lo imperceptible, las palabras que llegaban hasta él llenas de los sonidos llanos de la bruma, y las otras, impregnadas por el hálito de árboles muy antiguos, en los cuales se susurran los murmullos fragmentados de reinos perdidos, el quejido de las cosas desconsoladas, la quiebra de las huellas interrumpidas, pedazos casi inaudibles para cualquier otro excepto Tolkien, quien se mantenía como un velador, atento a recogerlos todos, con sus cortejos de historias y de cantos, avanzando en sus entornos.

Érase un hombre.
Oía el ruido de la ausencia.
No lo llenaba.
Lo escuchaba.
Lo que no se había dicho.
Y quedaría inacabado.

~

* N de la T : Aquí la autora hace un juego con dos palabras homófonas en francés, prefiriendo usar “la voix” (la voz) en lugar de “la voie” (la vía).


 


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