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Tolkien y la Naturaleza

Patrick Curry explores Tolkien’s deep feeling for nature, how this transpires in his work, its relevance in our modern world and the ecological challenges that we face every day.

El entorno natural de la Tierra Media ocupa un lugar central en el mundo imaginario de Tolkien. A pesar de que no es el único elemento relevante en este mundo, constituye una parte imprescindible. Para empezar, yo no empleo la palabra «imaginario» para referirme a él, porque implica irrealidad y una de las cosas más sorprendentes de la Tierra Media reside en la sensación de realidad que produce. Una experiencia común de los lectores de Tolkien es que han estado allí. Este fenómeno puede ser entendido como la combinación de dos dinámicas: lo que el propio Tolkien escribió en sus historias, y lo que los lectores hallan en ellas – extrayendo de manera natural lo que llaman «aplicabilidad» de estas historias a su propia experiencia.

El amor de Tolkien por la naturaleza es indudable. Su profunda sensibilidad por los paisajes naturales, su variedad y su forma de reflejar hasta el más mínimo de sus detalles, impregna particularmente El Señor de los Anillos, y explica en gran parte por qué esta novela resulta tan convincente. La historia habla de geología, ecosistemas y de biorregiones; de la flora y de la fauna, de las estaciones y del clima, del Sol, de la Luna, de planetas y de estrellas. Además- y es otro punto clave – todos estos elementos representan mucho más que un telón de fondo pasivo para el drama humano (y casi-humano). Son todo lo contrario. La Tierra Media es un actor, un personaje en sí, a semejanza de todos los lugares y partes importantes que la componen. La obra de Tolkien no es antropocéntrica (centrada el ser humano).

Untitled woodland scene

 

En El Señor de los Anillos se pueden encontrar más de sesenta especies de plantas y al menos ocho tipos inventados, lo que refleja el amor especial que sentía Tolkien para la flora. Pero el centro del escenario lo ocupan los árboles. Como él mismo escribió en una carta al final de su vida, «En todas mis obras asumo la parte de los árboles en contra de todos sus enemigos». Incluso describió una vez El Señor de los Anillos como «mi propio árbol interior».

Entre los árboles más importantes de la obra, destacan el Árbol de la Fiesta de los hobbits (el antiguo y el nuevo) y el Viejo Hombre Sauce. Asimismo cada bosque – el Bosque Viejo, el Bosque Negro, Fangorn y Lothlórien – es único y desempeña un papel clave. Sin embargo, son los árboles cosmogónicos de Laurelin y Telperion, cuya luz sobrevive a la luz de Eärendil (es decir, la «estrella» que llamamos Venus) y en la redoma que Galadriel le da a Frodo, quienes sustentan toda la estructura. Y, por supuesto, están los Ents: una de las más singulares y fuertes creaciones de Tolkien, cuya peculiaridad es no ser humanos bajo la forma de árboles, sino más bien árboles dotados de los cinco sentidos.

La presencia en la obra de Tolkien de una fuerza de acción y subjetividad no humana es fundamental. Es característica no sólo de los pueblos (tanto humanos como no humanos), sino también de entidades acerca de las que estamos acostumbrados a pensar «no pueden estar vivas», tales como plantas, rocas y lugares. Por tanto, cuando la hierba conocida como athelas es molida en agua caliente, el aire brilla con alegría; la montaña Caradhras obstruye deliberadamente la ruta de la Compañía con nieve hasta que ésta se ve obligada a retirarse y las piedras de Cirith Ungol escuchan la risa de Frodo. Y no se trata de simples metáforas literarias vacías de significado: la Tierra Media está viva, como un todo y en todas sus partes.

Así, Tolkien remite a sus lectores a una naturaleza animada, sensual e infinitamente compleja en la que los seres humanos han vivido durante casi cien mil años, hasta que la visión occidental moderna percibiera la naturaleza como un conjunto de «recursos» cuantificables, inertes y pasivos y comenzase a destrozarla desde hace sólo unos cuatrocientos años. La Tierra Media es real porque, a pesar de nuestra educación moderna, la reconocemos. Aún podemos experimentar lo que sintió Frodo cuando puso su mano sobre un árbol mallorn en Lothlórien: «La madera, que sentía bajo la mano, lo deleitaba, pero no como a un leñador o a un carpintero; era el deleite de la vida misma del árbol.»

Del mismo modo, Baya de Oro le dice a Frodo que las tierras que rodean el Bosque Viejo no son propiedad de Tom, sino que «Los árboles y las hierbas y todas las cosas que crecen o viven en la región no tienen otro dueño que ellas mismas.» La espiritualidad mística que corresponde a esta percepción del mundo pertenece al animismo.

Incluso el profundo conocimiento que tiene Tolkien del mito es una parte inseparable de la naturaleza en su ficción mitopoéitca (literalmente, que crea mitos); por la simple razón de que una naturaleza viva con poderes y cualidades sobrehumanas es inseparable del mito mismo. Como dice Aragorn, «¿La tierra verde…? ¡Buen asunto para una leyenda aunque te pasees por ella a la luz del día!»

El «Ecocentrismo» de Tolkien coexiste con otros de sus valores y compromisos fundamentales, a saber, una ética cristiana de administración. Así, sugirió que «Lothlórien era hermosa porque allí se amaban los árboles.» Además, Sam fue elogiado como jardinero, y recibió la bendición y ayuda en su obra de replantación de la Comarca de Galadriel, nada menos. Este punto de vista es más antropocéntrico: la naturaleza fue bendecida como resultado de nuestras acciones subcreativas (que derivan de las de Dios), y sus frutos son para nuestro beneficio (así como lo quiso Dios).

La relación entre estos dos puntos de vista – o mejor dicho, modos de vida, o incluso mundos – es una relación de tensión. En una perspectiva pagana, el mundo natural tiene un valor «intrínseco» por derecho propio, y su espiritualidad es inmanente; mientras que para los teístas (quienes creen en un Dios), su valor proviene de que es la obra de un Creador trascendente y por tanto diferente de este mundo. En el caso de Tolkien, no se trata de una disyuntiva: ambas son reales. Y, dado que la explotación de la naturaleza (en ciertos grados) es inevitable, estas dos perspectivas ofrecen maneras de hacerlo con respeto y sin dañar, en lugar de ser despiadadas y destructivas.

Otro sistema para entender la animada, y encantada, Tierra Media de Tolkien es cuestionándose su contrario. Ya sugerí anteriormente la respuesta: la naturaleza abstracta y sin vida, fabricada (no  «descubierta») por la tecnociencia industrial. Esta última tiene que ver con el poder, con el dominio de las cosas y de los seres – transformando todo, incluso a las personas, en cosas, en unidades intercambiables que pueden ser manipuladas y vendidas. Como advirtió Tolkien, con razón, representa nuestro equivalente moderno a la Magia. El resultado es, en el mejor de los casos, centros comerciales y supermercados, los cuales ofrecen una especie de aparente seguridad y fiabilidad en las que estamos supuestamente bajo control. En su forma más patológica, sin embargo, el resultado es un desastre social y ecológico que se ejemplifica en Mordor, donde «tierra, agua, aire, todo parece maldito … una tierra corrompida, enferma sin la más remota esperanza de cura, a menos que el Gran Mar la sumergiera en las aguas del olvido».

En contradicción con la acusación peyorativa de que se trata de literatura de evasión (como si la evasión fuera siempre algo negativo), las historias de Tolkien hicieron a sus lectores profundizar en el amor por la naturaleza y contribuyeron a su defensa. Por mencionar sólo dos ejemplos obvios, David Taggart, ya fallecido, encontró consuelo en El Señor de los Anillos durante su campaña pionera contra las pruebas nucleares, que llevó a la fundación de Greenpeace en 1972. Asimismo, este libro sirvió de inspiración directa entre aquellos que se resistieron activamente, con cierto éxito, al programa de construcción de autopistas decidido por Margaret Thatcher a principios de la década de 1990. No cabe duda, pues, de que El Señor de los Anillos seguirá siendo una fuente de inspiración en los desafíos ecológicos que están por venir.